Siempre rojos, siempre fieles

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Cuando hice la Primera Comunión, tres cuartas partes de los regalos que recibí eran cosas del Barça: un par de equipaciones, bufanda, material de papelería… Todo eso, unido a los productos que regalaba Sport de vez en cuando, convirtieron mi habitación en un pequeño museo culé. Cumplida la decena, sin haber entrado todavía en el siglo XXI, Osasuna seguía en Segunda y todo aquel que no animara a Barça o Madrid era el bicho raro del colegio.

Pero en junio de 2000, Osasuna regresó a la élite del fútbol español. Miguel Ángel Lotina, convertido ahora en defenestrador oficial de equipos, condujo al equipo al lugar que le correspondía. Los rojos volvían a estar en boca de todos en Pamplona, los valientes elegían ser Iván Rosado en el partidillo del recreo y los sentimientos hacia el equipo, buenos y malos, afloraban en todos los puntos de España. También en mí. Pasé los siguientes 14 años diciendo que era tan culé como osasunista. Y era verdad. Mucha gente no se lo creía, pero quien viera un partido a mi lado, sabía que era cierto. Incluso vi dos Osasuna-Barça en El Sadar. En el primero, aquel de la tijera de Ronaldinho, apoyaba al Barça; en el segundo, con cantada de Valdés, iba con Osasuna. Ambos días salí victorioso.

Sin embargo, algo empezó a cambiar hace dos años. Acababa la temporada 2013/2014 y Osasuna necesitaba una carambola en la última jornada para lograr una agónica permanencia. Otra más. Pero la suerte dio la espalda esta vez a los navarros. Osasuna ganó al Betis, pero el resto de resultados no acompañaron y el descenso de categoría era un hecho. Un año antes, vibraba en el campo con la remontada ante el Sevilla, con golazos de Puñal y Cejudo, y la salvación matemática. Ese día, 18 de mayo de 2014, volvía a estar en El Sadar, pero fue la primera vez que lloré por Osasuna. La despedida al equipo y a Patxi Puñal, que colgaba las botas, fueron demasiado. Antes, una valla se había caído en la zona de Indar Gorri, así que el móvil mezclaba mensajes de preocupación con condolencias. Un día muy duro. Qué digo día. Días. Un trago amargo y largo que hizo que todo cambiara.

Recuerdo la salida del estadio aquel día. Todo tenía ambiente de funeral, el silencio de los miles que aguantamos tras el pitido final se podía cortar con un cuchillo. Pero, en ese abatimiento, tomamos una decisión crucial: era el momento de apoyar al equipo, había que hacerse socio. Una idea que llevaba tiempo barajando, pero a la que le faltaba el apoyo de otros. Y ese apoyo llegó.

Comenzamos la temporada 2014/2015 en Segunda, pero siendo ya fijos en el estadio. Las jornadas iban pasando y, mientras el equipo tenía cada vez peor rumbo, nosotros cada vez éramos más rojillos. Salimos a Vitoria, pero el partido contra el Alavés se suspendió por la nieve. Nos quedamos sin ver fútbol, pero qué espectáculo ver el hermanamiento de vitorianos y navarros por las calles de la capital vasca. Un día impresionante.

Ese año hice una salida más: Sabadell. Una victoria nos dejaba en Segunda, una derrota nos condenaba al descenso y, probablemente, a la desaparición del club. Fue un fin de semana intenso en tierras catalanas. Ese sábado, el Barça ganó la Champions y lo pude celebrar en Barcelona. Al día siguiente, el sol abrasaba a los más de tres mil navarros que estábamos en la grada, mientras la fe en el equipo iba y venía como si de un intermitente se tratara. Si algún día tengo hijos y se da esta situación: “Papá, ¿cuál ha sido el gol que más has celebrado en tu vida?”, la respuesta será simple: “El de Javier Flaño en Sabadell”. Del 2-0 al 2-2 en el descuento y el éxtasis en la grada. El orgullo de haber vivido todo eso en directo es indescriptible.

Esta temporada ha sido diferente. Desde el primer momento, con Enrique Martín Monreal al mando, el equipo ha estado arriba en la tabla. Un Osasuna con más gente de casa que nunca, al que los interminables problemas externos no le han afectado dentro del campo. Un año heroico por el compromiso sobre el césped y la lealtad en la grada. Una regeneración de dos años en Segunda que ha acabado con una identificación plena con los jugadores. Porque somos un equipo valiente y luchador, que defiende sus colores con el corazón.

Dos salidas he hecho también esta temporada: Bilbao y Oviedo. Dos findes completos que han servido para aumentar aún más mi sentimiento rojillo. La primera fue un desplazamiento masivo; la segunda, para los elegidos que teníamos fe en entrar en el playoff. En el Tartiere volví a llorar, pero esta vez, de emoción y como un niño. A diferencia del último descenso, esta carambola sí tuvo premio. Un gol del Girona nos clasificó para la liguilla final y, casualidades del destino, les hemos pagado el favor dejándoles sin sitio en Primera. Cuatro partidos de playoff, cuatro victorias rojillas. El ambiente de El Sadar en estos dos últimos partidos y lo vivido estos días en Pamplona ha sido apoteósico. Muchos se han subido al carro en el tramo final, es cierto, pero siempre que animen a los rojos serán bienvenidos. No se puede repartir “carnés al buen osasunista”, pero desde aquí mi máximo respeto a los que han hecho colas toda la noche por una entrada, quienes se han dejado los ahorros en viajes y para los que dos veces al mes hemos bajado al campo a dejarnos la garganta.

Es difícil describir qué es ser de Osasuna. Alegrías, decepciones, lloros, éxtasis, adrenalina, viajes, abrazos, orgullo… Puro amor. Muchos nos odian, pero nos da igual. Pocos nos entienden, pero no nos importa. Sólo sé una cosa: ahora ya tengo respuesta cuando me pregunten de qué equipo soy.

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