Hasta siempre, maestro

A lo largo de los últimos años, desde que empecé la carrera allá por el año 2006, he visto cómo miles de compañeros de Facultad recordaban a antiguos profesores, la mayoría de los cuales ni me sonaban. Leyendas del Periodismo que, de una u otra manera, habían marcado la vida de innumerables alumnos. Era como ir “a hombros de gigantes“, decían, y desde fuera sólo podíamos admirar a aquellos de quienes hablaban.

Todo cambia cuando conoces a uno de esos gigantes. Paco era uno de ellos. Era enorme. Y sigue siéndolo. Aún no me creo que se haya ido.

575350_4761243584083_1108490555_n

Paco fue, primero, mi profesor; después, se convirtió en jefe. Poco tardó en ser camarada y, finalmente, amigo. Siempre maestro. Desde que Ene, ese gran proyecto fin de carrera, nos uniera han pasado cinco años. Un lustro en el que compartimos confidencias, miedos, canciones, proyectos (ay, fcompass), montajes fotográficos, ocurrencias y muchas risas.

Del Paco Sancho periodista podrán hablar otros mejor que yo. Una larga carrera en el oficio de la que él nunca alardeaba y eso que tenía motivos de sobra para ello. Del Paco Sancho humano, de ese Pacotto que tantas sonrisas nos sacaba, quedan ahí su ingeniosa cuenta de Twitter o sus blogs. Y el testimonio de decenas y decenas de personas. Y quienes estuvimos cerca de él, también podemos hablar de lo profesional que era, del cariño que ponía en cualquier encargo que le llegara, de cómo sacaba lo mejor de los que estaban a su alrededor.

Paco siempre estaba ahí. Con su planta, esa que me pedía que regara cuando viajaba al otro lado del charco; con la foto de Paula y Berta bien visible en el corcho; con el altavoz emitiendo los Beatles o alguna emisora francesa que había descubierto; con la silla de enfrente libre, dispuesta a ser ocupada por quien quisiera. Ahí sabíamos que le podíamos encontrar siempre para hablar de lo que fuera: del trabajo, de las clases, de tus alumnos, de fútbol y, últimamente, de su nieta, cómo no.

Suena incoherente pero, por un lado, sé que le echaré de menos y, por otro, aún no sé cuánto. Te queremos, maestro, y me alegra tanto como a tus hijas ver cómo la gente lo está demostrando.

En los últimos años, bromeaba con él diciéndole que yo me encargaría de capitanear su homenaje en la Universidad, tal y como él había hecho con Pedro Lozano Bartolozzi o Esteban López-Escobar. No he tenido la oportunidad porque el puto cáncer se lo ha llevado antes de tiempo. Más de un año remando a contracorriente y, cuando ya se acercaba a la orilla, una nueva ola lo sumerge en lo más profundo del océano. La vida no es justa.

No me voy a extender más porque a él le gustaría que le recordáramos entre amigos, con unas cervezas. Y para mí, sus deseos, siempre fueron órdenes.

Paco, siempre me pedías que te subiera en coche la cuesta de Esquíroz. Esta última, la más dura, la has subido tú solo. Espéranos en la cima, sentado en el banco, con las cervezas enfriándose, que ya subimos. No te impacientes. Que la tonadilla de Little Green Bag amenice tu espera. Sé que en cuanto llegue allá arriba pedirá esta canción, nuestro tema. Y yo, cada vez que la escuche, me acordaré de él.

Hasta siempre, maestro. Descansa en paz, que te lo has ganado, y échanos todos los cables que puedas, que para eso tienes experiencia de sobra.

No sé quién te hizo esta foto, puede que ni tú mismo lo recordaras, pero capta muy bien tu esencia. Lo pasabas mejor cuando compartíamos despacho, lo sé, pero donde los alumnos te encontraban era aquí, en tu garito. Con tu planta, esa que me pedías que regara cuando tú viajabas al otro lado del charco; con la foto de Paula y Berta bien visible en el corcho; con el altavoz emitiendo los Beatles o alguna emisora francesa que habías descubierto; con la silla de enfrente libre, dispuesta a ser ocupada por quien quisiera. Ahí sabíamos que te podíamos encontrar siempre, Paco, para hablar de lo que fuera: del trabajo, de las clases, de tus alumnos, de fútbol y, últimamente, de tu nieta, cómo no. Suena incoherente pero, por un lado, sé que te echaré de menos y, por otro, aún no sé cuánto. Te queremos, maestro, y me alegra tanto como a tus hijas ver cómo la gente lo está demostrando. Siempre me pedías que te subiera en coche la cuesta de Esquíroz. Esta última, la más dura, la has subido tú solo. Espéranos en la cima, sentado en el banco, con las cervezas enfriándose, que ya subimos. No te impacientes. Que la tonadilla de 'Little Green Bag' amenice tu espera. Hasta siempre, Pacotto. Descansa en paz, que te lo has ganado, y échanos todos los cables que puedas, que para eso tienes experiencia de sobra.

A post shared by Iker Huarte (@iker.huarte) on

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s