Benicàssim: vuelta a la Comunitat

Con lo fácil que era hacer esta foto, creo que nos la tomó el tío más inútil de Castellón.

Con lo fácil que era hacer esta foto, creo que nos la tomó el tío más inútil de Castellón.

Nunca en mi vida había dicho tantas veces la palabra “Gracias” en tan poco tiempo como en los últimos días. Y puede que fueran pocas.

La misma semana en la que Pablo y yo regresamos de Alicante, volvimos a hacer las maletas para dirigirnos de nuevo hacia la costa valenciana. Benicàssim era esta vez el destino y MAT, nuevo compañero de trayecto. Como ya sucediera en el viaje anterior, el plan se empezó a gestar en el juevintxo. Una vez descartada la idea de tomar la caravana de los Arza, nos pusimos a buscar alojamientos baratos y cercanos a la playa. Dimos con el Hostal La Torre y, a última hora del viernes, hicimos la reserva.

Con el batmóvil a punto y muchas ganas de abandonar la gran nube gris que cubre Pamplona este verano, pusimos rumbo a Benicàssim. Mientras MAT y Chivite (hicimos de BlaBlaCar) dormían, Pablo leía y yo cantaba, nos perdimos por el camino y nos costó más de lo previsto llegar a nuestro destino. Poco más de media hora que hizo que abrazáramos con más ansia el calor y humedad valencianas. Gracias a las indicaciones de nuestro cicerone Araluce, llegamos sin problemas hasta el hostal. La suite de lujo que teníamos reservada contaba con tres camas, un baño y un balcón. ¿Para qué más?

Pablo, MAT en balcón

Una vez instalados y tras la visita de rigor al Mercadona, Javi nos recogió y nos dio un pequeño tour por las calles contiguas al hostal. Un breve recorrido en descapotable (alerta postureo: no os imaginéis un Ferrari, era un Citroën, pero muy fino) que acabó en la frontera entre Oropesa y Benicàssim, donde los Araluce tienen su apartamento.

Descapotable 1

Acostumbrados a comer lo primero que pillas en Mercadona, la cena que Javi nos tenía preparada nos dejó con los ojos abiertos. Con razón tanta gente llega a este blog buscando en Google “Javier Araluce cocinero”. Gran despliegue de marisco que servía como consuelo para los fallidos intentos de pisar Galicia este verano. Langostinos, berberechos, merluza, vinito blanco… Todo ello, en la terraza-azotea (llamémosla terrazotea) donde soplaba una agradable brisa veraniega. El primer pack de “gracias” lo quemamos esa primera noche, pero es que esa acogida merecía no pocos halagos. El disfrute para el paladar no acabó con la cena. La mezcla de ginebra & zumo de fresa es algo que tardaré muy poco en importar a Pamplona. Próximamente, en sus copeos más cercanos.

Cena ático

Tras saludar a los papás Araluce y pasar por el hostal para ponernos guapos, llegamos a Casablanca, el garito más popu de Benicàssim. Echamos risas con “Torrente, Torrente”; vimos a Sergio Asenjo, portero del Villarreal; morimos de calor… Lo típico, vamos.

El despertar del domingo fue más cristiano que nunca: cuando Dios quiso, que para algo estábamos de vacaciones. Y con desayuno en la cama, ojo. De ahí, a la playa. Diez minutos largos de caminata, sobre todo, el rato que te tocaba cargar la neverita. Siesta, baño, sol. La vida es dura. Javi nos recogió a media tarde para llevarnos al puerto y sacarse una carta de la manga que tardaremos tiempo en olvidar. Sólo puedo decir que, tras Alicante y Benicàssim, y por si aún quedaba alguna duda, Batman no es un superhéroe acuático. Os lo digo yo.

Mientras vosotros saturabais Facebook, Twitter y Whatsapp con fotos malas de la superluna, nosotros nos dábamos un bañito en el mar bajo su luz. Así, de tranquis.

Superluna

El gin-fresa no es lo único que quiero traer a Pamplona. El paté es otro producto que está tardando en venir al Reyno. Y no, no hablo del paté de toda la vida. Me refiero a esa especie de carne de hamburguesa, pero más blanda, que se deshace en la boca y que tiene retrogusto (me flipa esta palabra) a paté. Nunca había oído hablar de él y me cautivó. Tanto es así, que lo probé esa noche en la cena en el Jota’s y repetí un día después en el Voramar.

Sin embargo, lo más destacado de la cena del Jota’s no fue el paté. Ni la camarera lerda que nos sirvió. Ni tan siquiera haber visto a Sergio Asenjo de nuevo. Fue nuestro amigo el farfollas. Esa noche, la paz que reinaba en nuestra mesa se turbó cuando a escasos metros empezamos a escuchar al típico tío que sentencia, no confundir con opina, sobre cualquier tema y presume de logros mientras sus compañeros, que ya le conocen, pasan de él o intentan sin éxito participar en la conversación. Un farfollas de manual, está claro. Nos reímos y le imitamos. No tendrá interlocutores el chaval, pero por lo menos, nos dio juego.

El lunes hicimos algo que jamás pensé que haría en verano, durante mis vacaciones y en Benicàssim: subir un monte. El Desierto de Las Palmas puso a prueba nuestra condición física. Aprobamos con nota. MAT se jugó la vida con arriesgadas selfies, Javi despeñó una piedra que podría haber matado a Kilian Jornet, Pablo posó más que Paris Hilton en una fiesta y yo aún me sigo preguntando cómo llegué arriba con unas zapatillas veraniegas de 6 euros.

Desierto Las Palmas

La comida a las 17:30 supo a gloria. Y la piscinita de después, aún más. Que nos quedáramos con la duda de qué edad tendrían nuestras dos amigas de Cuenca no impidió que disfrutáramos de una gran cena a pie de playa en el Voramar. A mi repetición de paté, hay que añadir la ansiada horchata que me tomé de postre, las hamburguesas que se zamparon mis tres amigos, el brindis con vinito (¿Gaseosa, MAT? NOOOOO!!) o las muecas de MAT a una niña. Después, Frigopie vintage, visita a los hippies e improvisado consejo de sabios para hablar sobre determinadas personas. Tú, que estás leyendo esto ahora mismo, puede que fueras una de ellas.

El martes nos despedimos de la playa por la mañana. Viendo el tiempo que hace en el norte este verano, puede que no vuelva a pisar la arena y el mar hasta 2015. Ups. Después, para seguir soltando “gracias”, los Araluce nos invitaron a una paella en su terrazotea. Nuevo concepto: Arroz del senyoret, todo peladito para que los comensales no hagan esfuerzos (aprende, Jimmy). Comida en familia con Javier y Cristina senior y junior. Decir que estuvimos como en casa es quedarse corto. GRACIAS por todo, de verdad.

Los saltos en la piscina rematando balones dejaron a CR7 como un amateur. Las marcas rojas en nuestras espaldas fueron buena muestra de ello. Cerramos nuestra última noche en tierras valencianas viendo la Supercopa y Capitán Q, mientras engullíamos pizzas del Mercadona. Ya se ve que lo del turisteo nos duró un poco solo.

El miércoles, una vez que la dueña del hostal nos acabó de soltar su chapa final de media hora, regresamos a Pamplona. Pasamos de los 30º y el sol permanente a la mitad de temperatura y la lluvia de bienvenida. Qué bien se está en casa (?).

Lo improvisado del plan no impide que nos llevemos miles de recuerdos: el amigo marinerito de papá Araluce, las manzanillas de MAT, el culto que Pablo le rindió al aloe vera que le calmó su piel roja, el jodido ruido del ventilador que no me dejó dormir las últimas dos noches, el Rokelín (cafetería-jamones-productos de Teruel), lo encantadores que fueron los dueños del hostal, los regateos a los negros que vendían polos, el “Uys” tras tropezar más gay que he escuchado en mi vida, las memorables frases del vídeo de la Batamanta… Y lo que nos queda por vivir. Porque, como dije tras regresar de Alicante, volveremos.

Casablanca

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