100 montaditos y dos ídolos

El verano es esa época when amazing happens. Incluso una fría noche de julio en la que te reúnes con varios amigos para tomar algo en el 100 montaditos. Unos venían de trabajar, otros lo hacíamos de pintar una casa y, los más afortunados, de la piscina. El caso es que no hace falta excusa en verano para echar unas cañas nocturnas.

Nada de esta historia sería inusual si no fuera porque, cerca de que el reloj marcara las 23:00, una pareja de ancianos de unos 70-80 años, entraron en el local y se sentaron en la mesita que estaba a nuestro lado. Él, con sumo cuidado, ayudaba a su esposa para que reposara su débil cuerpo sobre la silla y tomaba nota de qué quería tomar, exactamente igual que nosotros habíamos hecho minutos antes.

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Poco después, el caballero aparecía con una jarra de tinto de verano para él, una de cerveza con limón para ella y un cucurucho de patatas para ambos. No me levanté a aplaudirles porque soy muy vergonzoso, pero la situación lo pedía. Ante este hecho tan magnífico, no puede hacer otra cosa que abstraerme de la conversación de mi mesa y mirarles con admiración, captando alguna palabra suelta de la poca conversación que tenían.

No tardó mucho él en levantarse de nuevo de la mesa y dirigirse hacia la barra para volver, esta vez, con una jarra de cerveza. Primero, tinto de verano; ahora, cerveza. Ahí, mezclando, a lo loco. Mi máximo respeto.

Mientras nos íbamos, nos hicieron un gesto de despedida. Serían mayores, pero no tontos. Estoy seguro de que se enteraron de que les mirábamos e, incluso, que osamos a sacar algún móvil para inmortalizar la escena. Desde fuera del local, seguimos comentando la situación, hasta que Chente, un amigo con menos vergüenza que yo, volvió al interior para despedirse con propiedad, con un apretón de manos. Ahí, el hombre le contó brevemente su historia: ella era de Tudela, un pueblo de Navarra; y él, francés. Se conocieron en París y llevan más de 50 años casados. Y ahí estaban, un martes en el 100 montaditos.

Admiración y envidia sana, no se puede sentir otra cosa.

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