Operación cobaya

Hacer de cobaya, o de conejillo de indias, nunca ha estado bien visto. Es una experiencia que se asocia a un hecho forzoso. Pero existen —existimos— quienes se ofrecen a que investiguen con su cuerpo por amor al arte o, como ha sido mi caso, por una interesante suma de dinero.

La Clínica Universidad de Navarra lleva más de dos décadas probando fármacos en personas. Entiendo que haya quien recele de esta Unidad de Investigación Clínica, pero yo acabo de visitarla asiduamente en los últimos días y no puedo estar más contento. Bueno, sí, cuando cobre los 600 euros que nos prometieron, estaré aún más feliz.

A principio de curso, siguiendo el consejo de otros amigos, expertos en estas pruebas, rellené un pequeño formulario para apuntarme como voluntario para dichas investigaciones. ¿Eres mayor de edad? Por supuesto. ¿Fumas? Jamás. ¿Te drogas? Hombre, pues no. ¿Bebes? Lo normal (jeje). ¿Alergias? Al polen o algo así. Y ese tipo de preguntas, más típicas que una llamada de Jazztel a la hora de la siesta. Pasaron los meses y me había olvidado totalmente de este asunto, hasta que a principios de junio, me llamaron desde la CUN para informarme de que a final de mes iban a realizar unas pruebas con Ibuprofeno y si, por alguna casualidad, estaría interesado en participar. Dudé y, finalmente, dije sí.

No era un sí definitivo, pues primero debía ir a una sesión informativa donde se concretarían fechas, posibles efectos del medicamento y qué restricciones teníamos las “cobayas” en la semana que duraban las pruebas. Llegué y, no solo no conocía a nadie, sino que, además, me sentía mayor. Claro, el target habitual de este tipo de prácticas son los universitarios, normalmente quienes van más pelados de pasta. ¿Pero quién dice que no a 600 euros? Suerte que luego llegaron Javitxu y Felipe, caras conocidas, y ya me sentí más confiante, a lo Cristiano Ronaldo. No hubo nada raro en todo lo que nos dijeron en la sesión, así que palante, apuntados para la exploración física y analítica iniciales.

Mi madre, que es gran conocedora de mi recelo a pisar hospitales, no se podía creer que me hubiera apuntado a semejante cosa. Qué poco me conoce, el dinero tira más. Y eso lo sabe hasta mi tocayo de apellido, Iñaki Urdangarín. La exploración física y la analítica demostraron lo que ya sabía: estoy tan sano por dentro como cascado por fuera. Era la primera vez que me hacían un electrocardiograma y sí, también era mi estreno en el análisis de orina y sangre. 26 años dopándome y nadie se ha enterado.

El estudio, que todavía no lo he explicado, se centraba en comparar los efectos del Ibuprofeno vía oral y vía intravenosa. Para ello, debíamos ingresar una noche y permanecer hospitalizados todo el día siguiente, cuando nos proporcionarían el medicamento de una forma. Obviamente, se repetiría el proceso días después recibiendo la medicación de la otra manera. En mi caso, de los tres grupos que había disponibles para apuntarse, elegí el segundo: ingresar el miércoles 25 y pasar allí el 26 (festivo en la Universidad por ser San Josemaría) y volver el lunes 30, quedándome el 1 (comienzo del horario de verano). Tan responsable soy que escogí las mejores fechas para ausentarme del trabajo lo menos posible (espero que mi jefe lea esto…).

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Y ahí fui el miércoles 25 a las 19:00. Séptima planta. Din. Ningún rostro familiar en el grupo y silencio incómodo mientras esperábamos que nos metieran en la habitación. Tres chicas rompieron el hielo y empezaron a hablar entre ellas (sí, a diferencia de otros años, los estudios ya son mixtos). No sé con qué chorrada me metí en la conversación, pero pronto empezamos a echar risas. Así, pasaron casi dos horas, hasta que, finalmente, pasamos a la que sería nuestra “casa” por las siguientes 24 horas.

Nos asignaron una cama a cada uno y, gracias a los puntuales horarios de la CUN, llegó la cena. Puré, tortilla, yogur. Classic. Los 8 miembros del grupo pasamos a una salita contigua para saciar nuestro apetito y hacer una ronda al estilo Alcohólicos Anónimos, diciendo nuestro nombre. Alejandro, Sofía, Iker, Diego, Jorge, Maite, Paula, Nahia. Una vez hechas las presentaciones y puesto el pijama, probamos a ver qué había en la tele. Nuestro gozo en un pozo: estaba capada. Tan surrealista era la censura que no podíamos ver TVE1, pero sí los 40TV. Ajam. Suerte que el wifi sí funcionaba decentemente y, ante el clamor popular, vimos Master Chef. Nueva experiencia para mí. Después de ver a los cocinillas y echarnos nuestras risas, llegó la hora de ir a la cama. Casi a la 1 de la mañana. Y a las 6:00 teníamos que estar despiertos. Ay.

De las 5 horas de sueño que tuvimos, creo que aproveché la mitad. Y gracias. Mi incapacidad para conciliar el sueño a menos que la habitación esté totalmente a oscuras volvió a quedar patente. Turnos de ducha, pijamilla azul cuales presidiarios y a la cama de nuevo. Llegaron las 8:00, hora señalada. Nos cogieron una vía en el brazo, de donde nos sacarían sangre cada 10 minutos. La mitad tomamos el Ibuprofeno vía sobre; el resto, por vena. La mañana puede hacerse muy larga cuando no te llevas una distracción en forma de libro, portátil, sudokus… Aunque también es verdad que los minutos pasan más rápido cuando esperas que llegue la enfermera a desangrarte otra vez. Suerte que Alejandro, que aún tenía un examen pendiente, se puso a estudiar y me dejó el portátil. Ni estando ingresado puedo desconectar de la vida 2.0… La #OperaciónCobaya estaba en marcha.

A las 13:30, ya aumentada la frecuencia temporal de visitas de las enfermeras-vampiro, llegó la comida: macarrones, filete con patatas y yogur. Esperábamos algo incluso mejor por ser San Josemaría, pero el estudio no admite concesiones. Estómago lleno y turno para el ocio, ahora que podíamos estar de pie. Partidas al mentiroso, conexiones con el Mundial y una película que ya habíamos visto todos: Ocho apellidos vascos. Os suena, ¿no? Se nota que no me dejaron elegir a mí… Antes de volver a disfrutar del aire fresco y su libertad, merendamos: bocadillo de jamón y potito de frutas. Qué larga se le hizo la merienda a más de una…

Entre las restricciones que hay mientras dura el estudio hay algunas más duras (chocolate, deporte, alcohol, caféina) y otras más llevaderas (pomelo, soja…). Para nuestro gozo, el fin de semana entre ambos ingresos, podíamos levantar el pie del freno. Esa izada de barrera me vino de lujo para llegar a las copas de la boda de Bea y Javi y poder pedirme algo más jugoso que un Kas naranja. Vale que fueron algo más de las “dos o tres cervezas” a las que nos limitó María, la enfermera, pero al menos resistí el impulso de llegar y pedir un gintonic, como hicieron mis amigos. Gracias al camarero del Hotel Ayestarán (Lekunberri), al que le advertí que ni me preguntara qué quería, que sólo me sirviera cerveza. Sin ti no habría sido posible. Y gracias al proveedor por llevar Estrella Galicia. Ya que me limité a cervezas, por lo menos tomo una de las mejores.

Pasado el fin de semana, las cobayas volvimos a la madriguera. Esta vez no fuimos tan puntuales, pero fue un bonito reencuentro. Al llegar, lo primero que hice fue contestar a las preguntas sobre qué tal lo había pasado en la boda. “Me acordé bastante de ti el sábado por la noche”. Puede parecer una chorrada, pero me pareció un gran detalle de unas personas a las que días atrás no conocía. Después de repetir cuatro veces que no me tomé ninguna copa, creo que se fiaron de mi palabra. Y volvimos a nuestra peculiar “rutina”: pijama, misma cena que la vez anterior y, esta vez, cambiamos Master Chef por otra actividad. En mi caso, el Alemania-Argelia, por supuesto. Prórroga incluida, a la que se sumaron Paula y Maite, apagamos las luces y a sobar.

Esa noche creo que dormí aún menos que la anterior e, incluso, escuché a alguna compañera cobaya hablar en sueños. Cosicas de compartir habitación. Esta vez, me tocó tener una vía en cada brazo durante un rato, hasta que el Ibuprofeno entró en mi cuerpo. Cómo libera que te quiten una vía, oiga. Gracias a María (AKA Marimar), que me dejó su querido portátil y un libro, mi mañana fue bastante más amena que la del primer ingreso. Comimos, comentamos jugada y no vimos una película, sino que nos enchufamos dos: Aladdín y Pretty Woman. Grandes clásicos de ayer y hoy. Merienda, brazo liberado y puerta.

La revisión final fue dos días después. Ahí coincidí con Paula, Nahia y Gabriel, que estuvo en otro grupo. No sé si volveré a verles algún día tanto a ellas como al resto del grupo, pero me llevo un gran recuerdo. Las pruebas médicas son un mero trámite, lo verdaderamente importante es esa especie de Gran Hermano que se vive con otros 7 desconocidos. Me llevo grandes cosas de todos: las selfies de las chicas, la alegría por el proyecto aprobado de Diego, el odio de Jorge por Alejandro Sanz, el asco de Nahia hacia el potito, Paula cosiendo sus propias camisas, las risas de Maite y su móvil volador, la capacidad de dormir de Alejandro, lo que le costó a Sofía conseguir su justificante…

Tan grandes como ellos siete, las enfermeras y el equipo médico de la CUN. Gracias a Leyre, Vicky, María, Patricia, el Dr. Azanza y sus visitas… No sé si me volverán a llamar para otro estudio (ojalá que sí), pero si no, ya me llevo mucho de estos últimos días. ¡Que vivan las cobayas!

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Un comentario en “Operación cobaya

  1. Pingback: Operación Cobaya en retrospectiva | tambiensepuedebarrermarte

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