Last Vegas y la eterna amistad

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Antes de ver Last Vegas, pensaba que sería otra de las bazofias a las que Robert De Niro nos tiene acostumbrados en los últimos años. Pero, a medida que iban avanzando las escenas, me di cuenta de que esa película era más que un pasatiempo de algo más de hora y media.

La trama narra cómo unos abuelos que pasan los 70 años (Michael Douglas, Robert De Niro, Morgan Freeman y Kevin Kline) van a Las Vegas para celebrar la despedida de soltero de uno de ellos (Douglas). La película comienza con ellos 60 años atrás liándola en su barrio y salta en el tiempo hasta su actual viaje a la ciudad del pecado y un fin de semana épico. La historia no va más allá de ser entretenida. Es bastante previsible, pero un reparto con cinco actores (sumamos a Mary Steenburgen) que han ganado uno o dos Oscars te da ese plus para que tu película llegue a ser incluso recomendable.

Sin embargo, no quiero hablar mucho más de la película, sino de lo que he reflexionado mientras la veía y después de que acabara. Lo primero que ha rondado mi mente es a qué estereotipo de abuelo me acercaré más:

  • Michael Douglas interpreta a Billy, un tipo al que le ha ido bien en la vida laboral: pedazo de casa, mucha pasta y a punto de casarse, por primera vez, con una mujer a la que dobla la edad.
  • Robert De Niro es Paddy, quien vivía felizmente casado con Sophie, hasta que ella murió un año atrás. Desde entonces, no sale de casa y es un viejo cascarrabias.
  • Morgan Freeman es Archie. Se casó dos veces, vive para su nieta, pero en una especie de cárcel. Su hijo, con un gran sentido de la responsabilidad, no le deja hacer nada.
  • Kevin Kline es Sam, aburrido de la vida matrimonial en la que lleva 40 años inmerso y con cadera y rodilla de titanio.

Creo que seré como Kline, pero con ciertos toques de De Niro. Lo de la rodilla de titanio, fijo.

Además de intentar visualizarme en el futuro, le he dado vueltas a una idea que ha surgido en algunas conversaciones de las últimas semanas: en el futuro, cuando nuestras vidas ya estén más que encauzadas, ¿seguiré viendo a mis amigos? Y cuando digo futuro, no hablo de 30 o 40 años, que también, sino algo más cercano, 5 o 10. Obviamente, no quedaremos todos los fines de semana como ahora, pero quiero creer que seguiremos sabiendo unos de otros, que los de siempre mandarán sus típicas chorradas por Whatsapp (o lo que haya) y que, cada vez que podamos, intentaremos reunirnos para vernos el poco pelo que nos quede.

Seguramente, pocos vivamos en la misma ciudad, como nos está pasando ahora, y la mayoría seremos ya cabeza de familia, pero confío en que esa semilla regada durante tantos años de juventud dé su fruto en la edad adulta. Vaya mariconada. Pero lo pienso de verdad.

Me niego a pensar que dentro de dos décadas no seguiré recordando con mis amigos los viajes, las borracheras, los amoríos, los días vividos y los que nos quedan por vivir. Me niego. Y me seguiré esforzando por mover los reencuentros navideños con la gente del colegio. Y, si mi rodilla de titanio me lo permite, me gustaría ir a visitar a amigos que vivan lejos.

Dudo que con 70 y pico años vayamos a Las Vegas para celebrar una despedida de soltero. O sí, qué coño. Pero no hace falta irse tan lejos, porque lo importante es la buena compañía y eso, con los amigos de toda la vida, está garantizado.

high-five

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2 comentarios en “Last Vegas y la eterna amistad

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