Va por ti, Afflelou. Tchin-tchin

Nunca pensé que diría esto, pero los anuncios de Facebook pueden llegar a resultar útiles. Fue el miércoles pasado cuando descubrí una oferta de Alain Afflelou, en la que se decía escuetamente que los 100 primeros que acudieran a la tienda más cercana, se llevarían unas gafas gratis.

Pasada la curiosidad inicial, opté por una indagación más profunda, llegando a una página web donde se comentaban los detalles de la promoción. Todo parecía perfecto: montura y cristales graduados totalmente gratis, únicamente por llegar entre los 100 primeros a la tienda.

Dos días después, una vez barajada la posibilidad de renovar mis gafas, llamé a la tienda que está dentro del centro comercial Carrefour. Nada más explicar el motivo de mi llamada, la chica que me atendió se rió. “No soy el primero, ¿verdad?”, intuí. “Ni serás el último”, sentenció mi interlocutora. Tras asegurarme bien de que la oferta era tal y como se describía en la web, me animé a acudir al día siguiente (hoy, sábado) a la tienda. Una vez tomada la decisión, analicé bien la problemática. Estar entre los 100 primeros, pensé, implica madrugar bastante, ya que la oferta ha tenido eco entre los pamplonicas. Madrugar… o alargar la noche, claro.

Así quedó la cosa a lo largo del viernes. No fue hasta después de cenar cuando quedó claro el plan. Perdón, un inciso. No fue una cena cualquiera. Fue una cena en el Wok, un buffet libre chino, donde pasó lo que se presume que vaya a pasar cuando entras en el restaurante. Que entras de pie y sales rodando. Pero volvamos al relato. Cena, cervecita para bajar la explosiva mezcla y una pequeña visita a uno de nuestros pisos francos. Imposible alargar la noche más. El cansancio de la semana es patente en todos, así que toca irse a la cama. Eso sí, he conseguido un acompañante: MAT. Es lo que tiene ser un cuatro ojos, nosotros sabemos la importancia de ver bien y la pasta que te dejas cada vez que quieres cumplir ese objetivo.

Abandonamos el piso, y casualidades del destino, me toca a mí hacer de chófer de mi apreciado socio en la operación. Así que la parada en Barañain es obligatoria. Le dejo y me voy a casa, pasando por delante del Carrefour, ese lugar que asaltaremos unas horas después.

5:32. “Mierda, ¡me he dormido! Fijo que son las 10:00 por lo menos”. Pues no, imbécil, son las 5:32 y aún te queda hora y media de sueño.

7:00. Con la sensación de que solo han pasado dos minutos desde la última vez que miré el reloj, apago el despertador. Ducha, desayuno y pista, todo muy rápido, no vaya a ser que se nos adelante la muchedumbre, agolpándose a las puertas del Carrefour.

Paso por delante del centro comercial con el coche, dirección Barañain, exactamente donde cinco horas antes dejaba a MAT. Nadie. “Vaya, quizás he pasado muy rápido y no me he fijado bien”. Ya somos dos en el coche. Aparcamos frente al Carrefour y confirmo lo que antes había intuido: nadie. No sé en qué momento de mi vida visualicé a señoras mayores haciendo cola una noche entera, cual concierto de U2, esperando a que abrieran las puertas para correr como energúmenas como un mes atrás hicieron en las rebajas. Tal vez lo leí en algún grupo de Facebook, no sé.

El caso es que, como bien atestigua la foto, son las 7:47 y nos queda más de una hora de espera. Menos mal que somos dos, llego a estar solo y muero del asco. Nos da tiempo a debatir sobre los temas que realmente nos interesan: el Euribor, el significado de las canciones de Manolo García o el desarrollo de la civilización inca en tiempos pasados. Temas tan interesantes nos llevan ya a las 8:45, hora en la que decidimos salir del coche y esperar en la puerta, donde, sorprendentemente, unos cuantos ciudadanos de bien -concretamente quince- se agolpaban enfervorizados deseosos de sus gafas nuevas.

9:00. Se oyen rumores entre la gente de que hay puertas laterales del centro comercial donde hay más personas congregadas en busca de beneficiarse de la oferta. Y las puertas sin abrirse. 3 minutos después, la persiana metálica comienza a elevarse, provocando la emoción y los nervios entre los espectadores. Ahora es cuando podría relatar que un desastre inimaginable conllevó una serie de casualidades que impidieron que consiguiéramos nuestro objetivo. Pero no. Todo fue normal. Entramos con mucha paz, guardamos nuestro turno, rellenamos el formulario y nos llevamos la tarjeta, ese trozo de plástico que simboliza unas gafas nuevas. Tenemos un año para canjearla. Creo que es tiempo suficiente para elegir un buen modelo. Tchin-tchin, Afflelou. A tu salud.

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